TOUR DE FLANDES: 5 DE ABRIL DE 2014

Ha sido un invierno de mucho sacrificio, han sido días con lluvia, con frío, con viento, algún día ha llegado a caer hasta algún copo de nieve, y otros ha habido que no había ganas de coger la bici y aun así, te montas en ella y sales. Es lo que tiene marcarse un objetivo, que obliga una barbaridad. Han sido 4.500 kms hasta llegar aquí.

Pero todo sacrificio tiene su recompensa y, aparte de lo que son las vacaciones por Francia y Bélgica, si nos ceñimos únicamente a la bici, la primera recompensa la obtuve el día que salí a rodar cerca de Le Mont-St-Michel, una pequeña colina rodeada por el agua de las mareas altas, en la que se construyó una ciudad medieval hace ya algún siglo. A los más bicicleteros les sonará por que en el Tour del año pasado se disputó una contrarreloj aquí.

Y llega el día D:

A las 4:45 suena el despertador y hay que levantarse para estar a las 5:15 en el lugar desde el que parten los autobuses para Brujas desde la meta (Oudenaarde). Primera anécdota del día, se me sienta al lado un noruego tartaja y me empieza a hablar en inglés, ni mis conocimientos de la lengua de Shakespeare, ni la lucidez están a la altura a esas horas de la mañana y opto por hacerme el dormido en cuanto puedo, porque me está poniendo la cabeza… Llegamos a Brujas algo más tarde de las siete, todavía no ha amanecido, cojo la bici y utilizo el estilo borrego: donde va la gente… de este modo me encuentro a un grupo de Torrijos a los que me acoplo, muy amables me explican que la salida oficial se encuentra dentro de Brujas, porque el bus nos ha dejado a las afueras, así que para allí vamos y aquí llega uno de los momentos estelares del día, la salida está ubicada en la plaza de Brujas y nos sacan de la ciudad por una serie de calles y de canales que son toda una maravilla.

Ya fuera de Brujas, es donde se descubre la filosofía del cicloturismo en Bélgica. Pese a ser una marcha organizada, se para en los semáforos y se respetan las normas de circulación, las motos de la organización obligan a los grupos de cicloturistas a circular por los carriles bici y para aportar un dato más, la salida no tiene hora fija, cada uno empieza cuando quiere, dentro de un intervalo de tiempo establecido.

Lo de circular por los carriles bici tiene su complicación, sobre todo cuando se va en grupos grandes, su anchura sólo permite circular de dos en dos y en algunos momentos ni eso, por lo que se hace peligroso y de hecho se ven un par de caídos en las cunetas esperando asistencia. De este modo pierdo a los compañeros de Torrijos y, cuando nos permiten circular por la carretera me voy a cola del grupo para ver si están por allí, pero ya no los volveré a ver. Así que me encuentro “solo”, rodeado de un montón de belgas, holandeses, italianos, ingleses, franceses, etc, etc. Hablo con alguno de ellos, el ambiente es muy bueno, pero  por desgracia, mi nivel de inglés no me permite entrar en detalles.

Y así llegamos al primer avituallamiento, donde, aunque no quieras parar, te meten dentro, por lo que tienes que pasar por allí casi andando, y al salir me encuentro con un tramo adoquinado, nada más tomar la primera curva me doy cuenta de que voy pinchado de atrás y me asaltan todos los malos pensamientos: “si en el primer tramo de pavé aquí pincho, la semana que viene en la Paris-Roubaix no gano para cámaras”, por lo que para mí es una alegría ver que el causante de la avería ha sido un cristal de proporciones considerables.

Cambiada la cámara prosigo camino y me ubico en un nuevo grupo. Estamos saliendo de una ciudad y las paradas son constantes en los semáforos, así no hay quien coja ritmo. En este nuevo grupo me encuentro con unos de Madrid y rodamos suaves porque están esperando a otros compañeros que vienen por detrás, pero la alegría dura poco, los compañeros vienen en un grupo que va a toda pastilla y nos hacen esprintar al salir de cada curva o rotonda, ahora ya sé qué es el látigo ese del que tanto habla Perico en las retransmisiones.

Al llegar a la siguiente localidad, nos encontramos con un semáforo en el que tenemos que parar varias veces, como en los buenos atascos de Madrid, por lo que el grupo ha vuelto a cambiar. De este modo, de grupo en grupo nos plantamos en Oudenaarde, pero no para terminar, sino para enfrentarnos a los famosos muros, que sólo los nombrecitos ya meten miedo, parecen nombres de ogros belgas:

1-Wolvenberg: 645 m al 7,9% y un máximo del 17,3%.

2-Molenberg: 463m al 7% y un máximo del 14,2%.

3-Leberg: 950m al 4,2% y un máximo del 13.8%.

4-Valkenberg: 550m al 8.2%  y un máximo del 13%.

5-Boigneberg: 1050m al 5,2% y un máximo del 12,3%.

6-Eikenberg: 1200m al 5,2% y un máximo del 10%.

7-Koppenberg: 600m al 11,6% y un máximo del 22%.

8-Steenbeekdries: 700m  al 5,3% y un máximo del 6,7%.

9-Taaienberg: 530m al 6,6% y un máximo del 15,8%.

10-Kaperij: 1000m al 5,5% y un máximo del 9%.

11-Kanarieberg: 1000m al 7,7% y un máximo del 14%.

12-Kruisberg: 1875m al 4% y un máximo del 9%.

13-Karnemelkbeek: 1530m al 4,9% y un máximo del 10%.

14-Oude Kwaremont: 2200m al 4% y un máximo del 11,6%.

15-Paterberg: 360m al 12,9% y un máximo del 20,3%.

El primer muro se hace bien, está asfaltado y, pese a ese 17%, todavía estás fresco. Hasta el próximo muro,  cuatro kilómetros de adoquines repartidos en dos tramos, el siguiente muro empieza a abrirte los ojos, este está empedrado y aumenta la dureza. Otros dos tramos de pavé llanos y a por los siguientes muros, todos asfaltados, hasta que llega el mítico Koppenberg con su 22% de adoquines. El reto es hacerlo sobre la bici, pero se hace imposible. Hemos sido 4.000 los que hemos optado por el recorrido largo (245kms), pero hay otros 15.000 que han escogido los recorridos medio (134kms) y corto (75kms) y en el Koppenberg coincidimos los tres, si a esto le sumas que justo antes hay un avituallamiento y, por lo tanto un reagrupamiento, se produce un embotellamiento de proporciones dignas de la A-3 en Agosto: entre los que prefieren subirlo andando y aquellos que ponen empeño, pero que al final se quedan sin fuerzas y sufren la ridícula caída de los pedales automáticos, no me queda más remedio que poner pie a tierra, ya que el carril es muy estrecho, a duras penas cabe un turismo. Ya a pie observas como la gente sigue rodando por los suelos y todos esperamos a que el desnivel ceda para poder volver a montar sobre la bici.

Proseguimos por una serie de caminos asfaltados en los mejores casos, de cemento en muchos otros y de pavé en los peores. Esto último supone toda una sorpresa, porque en el libro de ruta que nos dieron, decía que el pavé terminaba tras el tercer muro, pero bueno, te deja tranquilo encontrarte a uno de San Sebastián de los Reyes, que te dice que los de la París-Roubaix son mucho peores. Toda esta serie de vericuetos lo que pretende conseguir es enlazar unos muros con otros, que es bastante complicado, aunque supone la satisfacción de pasar por lugares muy pintorescos, recuerdo especialmente uno al lado de un molino y otro tramo que discurría entre dos anchos canales.

En el kilómetro 180 paro en el avituallamiento, cojo agua, cambio el agua al canario y me quito el chaleco, porque, aunque había amanecido un día nublado, el sol se ha abierto paso y a estas horas ya pica bastante.

Llega el momento en que ves en el cuentakilómetros la cifra mágica de 200 kms y aún quedan cinco muros adoquinados y las fuerzas empiezan a flaquear. En el Kruisberg me pongo de pie y empiezo a notar calambres, así que, a sentarse y a seguir. Como un poco para recuperar fuerzas y hago el resto sentado hasta que llega un pequeño descenso e intento estirar un poco las piernas. Por fin llega el Oude de Kwraemont, no es muy duro, pero son 2,2 kms temblando sobre el pavé, ya a estas alturas se pueden ver campos abarrotados de autocaravanas, paisanos animando y alguna banda de música. Coronado el Kwraemont, hay un poco de terreno favorable y la bici se embala, la lástima es que, justo antes de empezar el Paterberg, hay una curva cerrada a izquierdas que te hace perder toda la inercia y comienzan esos 360 m con su rampa al 20%, con cuidado de no pegarme mucho al de delante, por si para o se va al suelo, meto todo el desarrollo y me pongo de pie para coronar, por fortuna los calambres no vuelven a aparecer y la sensación al llegar arriba de este último muro es la de haber conseguido el reto que me marqué hace casi medio año.

 Ya sólo quedan 20 kms de llaneo y entro en un grupito que va bastante rápido, no bajamos prácticamente de los 40km/h y para mi sorpresa todavía me queda fuerza para dar algún relevo, y casi mejor así, porque a rueda hay nervios y no sería la primera marcha en la que veo a la gente irse al suelo a falta de pocos kilómetros.

Llegamos a Oudenaarde, donde está instalada la meta oficial, que es la que al día siguiente lo será para los profesionales, a continuación atravesamos la típica plaza belga engalanada para la ocasión, que luce un ayuntamiento fastuoso y proseguimos, ya muy relajados hasta el polideportivo donde se encuentra la meta de la marcha cicloturista.

Han sido 245 kms a 27,5 kms/h, unas 8h 45 minutos sobre la bici. Desde las 7:30 de la mañana hasta las 16:45, sale una hora más que invertí en tirarme unas fotos en Brujas, arreglar un pinchazo, parar en el último avituallamiento y en infinidad de parones en cruces y semáforos.

Para mí, el recorrido largo pierde un poco de encanto, al realizarse la prueba de esta forma, siempre será un reto hacer 245 kms y exactamente el mismo recorrido que harán al día siguiente gente como Boonem o Cancellara (exceptuando que los profesionales suben dos veces los dos últimos muros) y la salida de Brujas es sublime, pero los 120 primeros kilómetros son los menos atractivos y si encima los llenas de continuas interrupciones te planteas qué harías si vuelves a realizar esta marcha en un futuro. Desde luego no es una crítica a la organización, ni a la filosofía del cicloturismo por aquellos lares, puesto que están llenos de respeto hacia la bici y al ciclista, pero lo más bonito, la esencia del Tour de Flandes se encuentra en los 134 kms del recorrido medio. De cualquier modo, es muy probable, que si vuelvo a hacerla – y ojalá sea así – optaré por el recorrido largo…

Para completar el fin de semana “ciclista”, el domingo, después de desayunar fuimos a ver el Tour de Flandes profesional. Gracias a un despiste del GPS, acabamos en el Paterberg en lugar de ir a Kwraemont, como era nuestra intención inicial, pero cogimos sitio en el muro final y, por si le faltaba algo al acontecimiento, al lado nuestro estaba el padre de Marco Bandiera, el italiano del Androni, un señor encantador con el que estuvimos charlando durante la espera.

Sólo ver el ambiente que allí había era todo un espectáculo: toda la subida llena de banderas, especialmente la de Flandes, pero también muchas de Suiza para animar a Cancellara. Numerosos aficionados ataviados con peculiares vestimentas y muy animados gracias a la rica y variada oferta de cervezas belgas. También, enfrente de nosotros, una carpa sobre-elevada, repleta de gente bien, que ha pagado su entrada para ver la carrera en directo, tomarse un aperitivo y ver el desarrollo de le Ronde Van Vlaanderen  en una buena pantalla de televisión.

Y así hora y media de pie hasta que llega la carrera de las féminas, y es que hay una edición profesional para chicas que se celebra inmediatamente antes que la de los hombres, lo cual se agradece e indica la afición por el ciclismo de los belgas. Y tras otra hora más, aparecieron los profesionales, a los que tuvimos la oportunidad de ver pasar dos veces, indescriptible ver a los ciclistas que admiras a centímetros de ti. Cuando pensábamos que tendríamos que enterarnos del resultado al día siguiente, nos dimos cuenta de que había unas pocas personas arremolinadas junto a un portátil en un prado viendo el final de la clásica, nos acercamos y pudimos ver a Cancellara levantar los brazos por tercera vez en esta prueba.

¡Grande Espartacus!

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