PARÍS-ROUBAIX: 15 de Abril de 2014

Si, para preparar la belga Ronde Van Vlaanderen (Tour de Flandes), estuve saliendo por Francia a rodar, para preparar la francesa París-Roubaix, tuve la oportunidad de salir por Bélgica dos días. El primero de ellos salí por Ostende, pero lo cierto es que no lo disfruté nada, porque es una localidad costera, muy turística y bastante grande y rodar por los carriles-bici, sin saber a ciencia cierta hacia dónde se va, es una locura, llena de interrupciones y cambios de dirección. Pero el segundo día salí desde Dixmuide, un pequeño pueblo interior con mucho encanto, que fue arrasado tras la Primera Guerra Mundial y posteriormente reconstruído: rodé 17 kilómetros junto a un canal por un camino asfaltado, lleno de gente en bici y con un bonito paisaje, abarrotado de diferentes aves acuáticas; otros 13 kilómetros fueron por un carril-bici paralelo a la carretera que retornaba al pueblo de partida y da gusto rodar por allí porque el respeto al ciclista es enorme, aunque también los ciclistas acatan las normas de circulación a rajatabla. Este circuito lo hice dos veces y aquí fue donde tomé conciencia del concepto “llano”: en 60 kilómetros, 20 m de desnivel positivo acumulado. El viernes llegamos a Roubaix, localidad fronteriza con Bélgica y meta de la cicloturista del día siguiente. Aparcamos la autocaravana en un campo de fútbol habilitado para tal fin dentro del mismo complejo deportivo donde se encuentra el mítico velódromo, a escasos 50 metros de éste. Y es toda una gozada verlo y darse un paseo por él, a los que llevamos mucho tiempo siguiendo la París-Roubaix nos pone la piel de gallina ver por primera vez y en directo lo que tantas veces hemos visto por televisión. Luego, miras alrededor y puedes ver otro velódromo moderno y cubierto, un circuito para BMX y una pista de half pipe, todo dedicado a la bici. Al recoger el dorsal, me resulta llamativo que no llega a 4.000 el número de participantes, repartidos entre los recorridos corto (70 kms), medio (141 kms) y largo (170 kms). Una participación mucho más reducida que la del Tour de Flandes. Y eso que uno de los sobrenombres de la París-Roubaix es el de “La Reina de las Clásicas”. La carrera profesional se lleva disputando desde el año 1896, pero este año no ha sido la edición 119, como correspondería, a causa de los dos parones sufridos por las Guerras Mundiales. De hecho, el otro sobrenombre que recibe esta clásica de primavera es “El Infierno del Norte” debido al mal estado en el que quedó la zona por la que discurre tras la Primera Guerra Mundial. Pero centrémonos en la cicloturista de este año. El sábado, al igual que la semana anterior en el Tour de Flandes, a las 4:30 de la mañana en pie, desayuno a la altura de las circunstancias: tostadas, embutido, zumo, leche con miel y frutos secos. Al salir de la autocaravana, primera sorpresa desagradable del día: hay niebla y bastante densa. Me dirijo al autobús que nos conducirá a Busigny, cargan las bicis en un remolque y los ciclistas al autobús, pero en todo este proceso hay que esperar de pie quieto en la calle y la temperatura anda por debajo de los 10 ºC. Yo estoy pasando bastante frío, pero me consuelo viendo a un montón de valientes que van de corto. Tras casi dos horas de viaje en autocar, éstas algo más amenas que las de la semana anterior, porque el compañero de asiento también me habla en inglés, pero en esta ocasión con un perfecto inglés de Oxford, llegamos a la salida. Montamos sobre la bici y esperamos a que un amable señor nos dé la salida, porque aquí tampoco hay hora estipulada de salida, pero sí que se agrupa a la gente y se les va dando la salida por tandas. A las ocho de la mañana salimos de Busigny con la misma niebla que había en Roubaix, pero el día empieza a ganar fuerza y hay más claridad. A las afueras de la localidad encontramos uno de los numerosísimos cementerios de la Primera Guerra Mundial que hay repartidos entre Francia y Bélgica, es espeluznante pensar lo que supuso aquello. El grupo en el que voy anda ligero y lo sorprendente es que va tirado por unos pocos ciclistas sobre sus bicicletas de montaña, por hacer un cálculo aproximado, podría decir que una de cada cinco bicis eran de montaña. Todo transcurre con tranquilidad, aunque, como las fuerzas están intactas, cuando la carretera pica para arriba, el ritmo se mantiene y las piernas se resienten. Del paisaje poco hay que comentar, aunque sí hay una sensación que se repite constantemente: cada poco, se suceden los cultivos de una planta de flor amarilla que creo que es colza y la viveza de este amarillo entre la niebla hace pensar por momentos que va a salir el sol, es como si estuviésemos en un cuento de hadas y tardas unos segundos en salir de tu engaño, para ser consciente de que la niebla aún persiste. Y en el kilómetro 14 se llega al primer tramo de pavé. Vamos un grupo numeroso, pero aquí lo suyo es ir en fila de a uno, dejando una distancia de metro y medio con tu predecesor por si hay algún susto o algún obstáculo en la calzada, más aún cuando la niebla ha dejado los adoquines mojados. Y sustos los hay, justo delante de mí, unos vascos están a punto de hacer el afilador y se van a la cuneta, aunque sin llegar a caer. También empiezan a volar los bidones de todas clases y repletos de líquido. Esta es la toma de contacto con el adoquín, un tramo de tres estrellas (para los profanos, los tramos de pavé están clasificados de una a cinco estrellas según su dureza), de 2,2 km llamado “Troisvilles à Inchy”. Cuando salimos de este primer tramo, todo ha cambiado, ya no hay un grupo definido, hay una larga hilera de bicicletas y tardamos un poco en hacer pequeños grupitos. Esta vez ya no voy a rueda, me junto con otros tres ciclistas y hacemos relevos, vamos pasando gente, que prefieren ir a su ritmo y así transcurren apenas unos kilómetros hasta que llega otro “tres estrellas” de 1,8 km: el “Viesly à Quiévy”; y también llega la primera incidencia de la mañana: empiezo a notar que algo me golpea el interior de los muslos y me doy cuenta que se han soltado los velcros que sujetan la bolsa de herramientas al sillín y no la he perdido porque ha aguantado el que la fija a la tija, así que a parar y colocarla bien. Tras estos dos primeros tramos de aperitivo, afrontamos el “Quiévy à Saint-Python” con sus cuatro estrellas y sus casi cuatro kilómetros. Aquí hay que aplicar todo lo que he estado leyendo para afrontar los adoquines: manos sobre el manillar, en la parte perpendicular a la bicicleta e intentando relajar los brazos; desarrollo un poco atrancado, para aprovechar más la pedalada y con el plato grande con el fin de que la cadena vaya tensa y no se salga; circular por el centro de la calzada, que es donde el adoquinado suele estar más uniforme. Lo cierto es que los 3,7 kilómetros se hacen muy largos y al salir otra vez al asfalto experimentas la sensación que ya había sentido al salir de los sectores anteriores o al salir de los adoquines del Tour de Flandes, de repente es como si flotaras, tras el traqueteo incesante y el dolor de piernas que éste te deja, lo de pedalear sobre una superficie lisa y uniforme es casi una experiencia mística. Y tan mística es la experiencia que me encuentro solo, nadie me acompaña. La gente se emplea en los adoquines y al salir, por lo general, no mantienen el ritmo, con lo que se quedan atrás y me toca pedalear solo una buena distancia, por delante, los tres próximos tramos son de dos estrellas y oscilan entre los 0,8 y los 1,5 km, sobre el papel son fáciles, pero esto no impide que en uno de ellos uno de mis bidones salga despedido lleno de bebida isotónica, no me apetece estar parando y lo dejo por allí perdido. También, empiezo a notar que el cambio trasero no va demasiado bien, no logro que la cadena baje a los tres piñones más pequeños en un tramo de leve bajada, aunque pienso que no será grave, con el desarrollo que me queda puedo rodar a gusto por encima de 40 km/h. Mis cálculos son erróneos, de repente la cadena baja al piñón pequeño, pero para no moverse de ahí, me he quedado sin cambio y sólo puedo jugar con los platos. Miro el cuentakilómetros y veo con desolación que voy por el kilómetro 44, todavía me quedan 126 y los tramos más duros de pavé. En este momento no sé qué hacer y me planteo muchas cosas, parar hubiera sido lo peor, así que decido continuar y ver hasta dónde aguantarán las piernas y, si por el camino encuentro algún punto de asistencia mecánica, ya veré lo que hago. Van pasando los kilómetros y los adoquines, otros cuatro tramos, uno de dos estrellas, otro de cuatro y otros dos de tres estrellas. El rodar sobre los adoquines a 30km/h cuando las circunstancias son favorables (viento y desnivel) es divertido y emocionante, pero, cuando esas circunstancias son adversas la velocidad desciende a 20km/h e incluso por debajo, y las sensaciones ya no son tan buenas, todavía más teniendo en cuenta que todo va con el piñón pequeño. Es un consuelo enorme que el plato pequeño sea un 34. Las circunstancias climatológicas van cambiando, la niebla ha dejado paso a un tímido sol que empieza a calentar, lo que conlleva que las zonas de adoquín empiecen a desprender un incómodo polvo en lugar del pegajoso barrillo de los primeros sectores. Ya me puedo poner las gafas de sol, que hasta ahora me resultaban demasiado oscuras, y lo agradezco mucho, porque el polvo irrita los ojos. Cuando quedan unos 100 km para el final encontramos el precioso “Trouée d’Arenberg” (Bosque de Arenberg), son 2,5 kilómetros que se adentran en una zona boscosa, llenos de piedras deslavazadas, a un lado una cuneta vallada para el público y al otro, arado para que no haya escapatorias. Justo antes, encuentro a la derecha una enorme explanada repleta de autocaravanas y toda la gente allí acampada se encuentra dentro del bosque viéndonos y animándonos. Lo que sucede es que no se puede disfrutar mucho de la afición porque sientes que la musculatura de los brazos se va a despegar de los huesos con tanta vibración e intentas enfocar al firme para advertir posibles socavones, pero así es imposible centrar la vista en nada. Al salir, aquella experiencia casi mística de flotar que comentaba antes se ve superada exponencialmente. A estas alturas y por si faltara poco, he perdido el tornillo inferior del portabidones que va en el tubo vertical, lo que provoca que el dichoso portabidones oscile, metiéndoseme entre las piernas, especialmente en las zonas adoquinadas. Hace unos kilómetros me hubiera sentado peor, pero ya ni siento ni padezco, quiero seguir y terminar. Por suerte, la única avería que no voy a padecer es la típica de esta prueba: el pinchazo. Cada vez que entras en un sector de pavé encuentras a los lados varios ciclistas cambiando la cámara, también esta imagen se da mucho a las salidas. Pero no sé si ha sido la suerte o el haber montado cubiertas de 25 mm con 6,5 bares de presión en la rueda trasera y 6 en la delantera. De vez en cuando, voy repasando los velcros de la mochila de herramientas, porque me da pánico perderla y después sufrir un pinchazo, aunque llevo una tercera cámara en el maillot, pero en la mochila van los desmontables y las otras dos. En una de esas revisiones, puedo apreciar que se ha descosido el velcro que la sujeta a la tija, bueno, más que se ha descosido, cuando llegue a la meta me daré cuenta que se ha arrancado el trozo de tela… Mucha caña esto de las piedras… Yo, que pensé en el Tour de Flandes que no era para tanto. Sigo pasando kilómetros de asfalto y piedras, pero ya no busco grupos, me cansé de hacerlo hace mucho. Me dedico a dar pedales y el que se quiera poner a rueda que lo haga, rara vez encuentro a alguien dispuesto a colaborar y, cuando lo hago, lo pierdo, bien porque se va por delante en el siguiente pavé, bien porque se queda. De esta forma llego al segundo cinco estrellas de la jornada: “Mons-en-Pévèle”, con sus tres kilómetros de duras piedras. La verdad es que no consigo diferenciar muy bien la dureza entre unos tramos y otros, en cierto modo tiene la culpa que, al igual que el sábado anterior en Bélgica, no me aprovecho de las escapatorias, soy un poco tozudo y pienso que: “he venido aquí por las piedras y voy a ir por las piedras”. Es curioso ver cómo la gente se toma el pavé, se hacen auténticas series. Algunos entran a saco y te pegan unas pasadas de escándalo para, cuando vuelven al asfalto, levantar el pie y tomárselo con total relajación hasta el siguiente sector. También hay algunos bigardos que les da igual ir por el adoquín que por la mejor carretera, andan una barbaridad y tienen un estilo envidiable, normalmente tienen una talla considerable y durante unos kilómetros consigo engancharme a un grupo de estos fenómenos, pero al final el grupo se deshizo una vez más y la mayoría se me fueron por delante. Pero hay que decir que ya estamos en la parte en que coincidimos los recorridos medio y largo, por lo que no sabes muy bien si el que te está pegando esas pasadas lleva lo mismo que tú a las costillas o viene más fresco. Con el plato pequeño y el piñón pequeño voy oscilando entre los 36 km/h en las partes favorables y con una cadencia alta a algo menos de 20 en los tramos más duros de pavé. Las piernas empiezan a acusar el cansancio y ya no intento poner el plato grande, porque me supone ir demasiado atrancado, aunque llegue a superar los 40 km/h, prefiero ir un poco más despacio relajando las piernas. He visto un punto de asistencia técnica, pero ya me he acostumbrado a andar así y prefiero no parar. En la entrada del sector “Templeuve – Moulin-de-Vertain” los aficionados han pintado unos 200 metros, más o menos, de adoquines de colores. Anima ver tanto colorido y tanta afición, además este tramo tan sólo tiene medio kilómetro y se pasa enseguida. Muy diferente del último sector de cinco estrellas, el archiconocido “Carrefour de l’Arbre” y sus dos kilómetros de pavé del bueno, al principio entras rápido con la inercia, pero ese infernal baqueteo acaba por frenarte en seco y da miedo intentar ir más deprisa porque parece que se va a romper la bici en mil pedazos, aunque tampoco hay fuerzas para apretar mucho más. Y pese a que llevas ya veintitantos tramos adoquinados a las espaldas, a la salida vuelves a tener la misma sensación, y esta vez no me refiero a flotar (que también), me refiero a que, cuando sales del adoquín, parece que vas pinchado, no sé por qué será, pero siempre me pasaba igual y me veía dando los típicos saltitos sobre el sillín para ver si la llanta tocaba el suelo. Ya sólo quedan tres sectores de pavé, la cabeza se relaja y piensas que ya está chupado, pero lo cierto es que el penúltimo sector se me hizo durísimo, y eso que sólo era un dos estrellas. Supongo que la valoración tan baja sería porque tenía buenas escapatorias a los lados, pero como yo lo hice por en medio… En la aproximación a Rubaix existe un poco de confusión. Al principio de la etapa se nos daba prioridad en todos los cruces, pero, según hemos ido avanzando, la organización se fue relajando un poco y ya no quedaba tan claro de quién era la prioridad y la cosa se relajó tanto que al final ya no había gente en algunos cruces y yo me llevé algún que otro susto. Pero sano y salvo atravesé Roubaix para llegar al último tramo de 300 m, con tan sólo una estrella, intercaladas entre los adoquines podemos encontrar las losas con los nombres de todos los ganadores de la París-Roubaix desde aquel lejano 1896, y desemboca en el velódromo. ¿Qué se puede decir del hecho de dar una vuelta casi completa a este monumento del ciclismo? Una sensación indescriptible, no hay manera mejor de culminar un día de ciclismo. Y después de 51 km de pavé repartidos en 28 sectores, con esos 119 kms empleados para unirlos, después del sudor lógico del esfuerzo y después de la capa de polvo que cubre tu cuerpo, en especial tu cara, necesitas una buena ducha y aquí es donde descubres que todavía hay una mejor manera de culminar este día de ciclismo, porque la guinda del pastel fue poder ducharme en las duchas históricas, que están intactas desde hace muchos años y donde se han duchado los grandes de este deporte tras finalizar “La Reina de las Clásicas”. Son dos enormes habitaciones divididas en pequeños boxes, cada uno de estos boxes lleva el nombre de uno de los ganadores de la París-Roubaix, al igual que las losas del último sector de pavé, y al fondo se encuentran las duchas. Yo pude escoger el dedicado a Francesco Moser, que ganó las ediciones del 78, 79 y 80 (en el 79 nací yo) y como dato curioso, el primer maillot que me compré de chaval era uno con motivos de la París-Roubaix y esas tres victorias del ciclista italiano. Lo único que faltó fue poder ver al día siguiente a los profesionales, pero esto representa la excusa perfecta para volver…

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